GALERÍA FÚCARES

Antonio Guerra. Ninguna Ruta Marcada

El medio es el paisaje

Los modos de viajar y los vínculos que generamos con el paisaje han cambiado. Lo pensaba en mi último trayecto en cercanías, cuando al levantar la mirada del móvil descubría los árboles bañados por la luz del atardecer. Habían pasado unos 15 minutos desde el acceso al tren y era el primer contacto visual que establecía con el exterior. Y digo bien, contacto, porque todo el que mira está siendo al mismo tiempo mirado: por las hojas, las ramas, los pájaros. A mi alrededor, otros pasajeros permanecían pegados a sus pantallas, absortos en vídeos y redes sociales, perdiéndose lo que de verdad estaba ocurriendo en el espacio físico en ese preciso instante. La relación entre viaje y tiempo también se ha transformado. Antes, los largos viajes trasatlánticos servían para ponernos a prueba y evaluar nuestra resistencia al tedio, podíamos leer, conversar con la persona de al lado o, simplemente, quedarnos en silencio practicando una suerte de meditación espontánea. Ahora tenemos una televisión individual con un menú de entretenimiento repleto de películas, documentales, juegos y hasta un canal que muestra el recorrido del avión en tiempo real: una imagen en movimiento desproporcionada en la que somos los únicos en sobrevolar el mundo.

Antonio Guerra, utilizando como hilo conector el road trip, pone a dialogar con ingenio todos estos elementos ‒ viaje, tiempo, tecnologías, imagen, paisaje, control ‒ en una serie de piezas interdisciplinares que evidencian las tensiones entre ellos y proponen un imaginario nuevo más acorde a las interacciones llevadas a cabo en la actualidad.

Una de las series fotográficas, Territorios, tiene como protagonista la pantalla del GPS en el coche del artista mientras conduce por carreteras comarcales, sin embargo, la dislocación aquí es todavía más perversa que en el citado caso del avión porque la imagen convive con la del panorama real al fondo. La simultaneidad de la ficción con el paisaje verdadero transforma con sutileza nuestra idea del mismo, mediatizándolo sin apenas ser conscientes de ello. Durante el viaje, atendemos al itinerario planificado obviando el dispositivo que nos lo está proporcionando y los cambios estructurales que opera en la mentalidad colectiva. «El mensaje de cualquier medio o tecnología es el cambio de escala, ritmo o patrones que introduce en los asuntos humanos»[1]. En el contexto actual, el propio paisaje ha mutado de aspecto, de tamaño, de cadencia e incluso de sonido. La banda sonora de la naturaleza ha sido sustituida por una voz autómata que nos indica las próximas maniobras: «colóquese en el carril derecho y tome la próxima salida en 0,5 kilómetros». Podríamos decir que la famosa frase de McLuhan se lleva hasta sus últimas consecuencias: el medio es el paisaje[2].

Hoy en día equivocarse de camino ha dejado de ser una preocupación, basta con introducir la dirección en una aplicación móvil. La precisión del pronóstico, con hora de llegada incluida, implica cierta auto-condena involuntaria: existe una meta y deseamos cumplimentarla, que el punto rojo llegue a tiempo hasta la bandera ondeante. «¡Conseguido, las 15:56, un minuto antes de lo previsto! Que más se puede pedir». A decir verdad, mucho: disfrutar del proceso, experimentar un vínculo con el paisaje real, descubrir parajes nuevos, parar a comer y relacionarse con otros viajeros. Antonio Guerra no inserta un destino en su GPS con el objetivo de inhabilitar su función principal y subrayar la mera recreación digital del paisaje, pero también por una cuestión personal; le gusta dejarse llevar, investigar localizaciones nuevas para fotografiar o intervenir, sentir los aires de libertad asociados al viaje por carretera… ¿Acaso este espíritu aventurero es auténtico o es tan solo una construcción idealizada proveniente de las road movies estadounidenses de los años 60-70?  Sea como fuere, y aunque ambos viajes comparten el vínculo con el avance tecnológico (el auge de la democratización del automóvil y la motocicleta por aquel entonces y de los dispositivos digitales ahora) es necesario actualizar las formas de representación y adaptarlas a nuestra época. En este sentido, la obra de Guerra propone innovadoras estéticas en las que fricciona el mundo analógico y el digital, el pasado y el presente, lo virtual y lo material, la producción y la apropiación, la imagen directa y la traducción técnica de la misma. En el trabajo Conquistas, por ejemplo, reproduce en metacrilato histogramas de fotografías digitalizadas de autores clásicos como Timothy Osullivan o William Bell y las superpone a tomas propias inspiradas en este tipo de paisajes. En la instalación Mapa Borgesiano lleva a tres dimensiones retículas digitales pertenecientes a diferentes fragmentos de países extraídos de pantallazos de Google Street View. Los huecos se corresponden con todos aquellos lugares por donde no han pasado los coches, bien porque no hay carreteras o por las restricciones de grabación en cada estado. La obra devuelve al mapa su condición física, privada de utilidad, y evidencia que siguen existiendo reductos esquivos al panóptico contemporáneo.

El proyecto completo es una invitación a salirnos del plan y perder de vista el horizonte prefijado para explorar espacios descentrados y genuinos. En la serie Horizontes el artista rescata stills de películas del género road movie y los reencuadra para que remitan a un fuera de plano. El suceso representado queda al margen y se priorizan, mediante la repetición rítmica de dos líneas de horizonte, un lugar y un sentido periféricos.

A través de la imagen expandida y una conceptualización impecable, Antonio Guerra, traslada al espectador a escenarios de tintes románticos, pero vigentes a nivel ideológico, y le propone transgredirlos. ¿Cómo? Suavizando las riendas del control productivista, permitiéndose introducir ninguna ruta marcada y, sobre todo, gozando del paisaje natural: ese que huele y se toca, el que nos devuelve la mirada.

Nerea Ubieto

 

[1] MCLUHAN, Marshall. Comprender los medios de comunicación. Las extensiones del ser humano. Ed. Paidós. Barcelona, 1996. P.30

[2] La frase original de McLuhan es “El medio es el mensaje”