LEO WELLMAR Imprimir


"ENTRADA", 2004.
Óleo sobre lienzo. 89 x 130  cms.


"ESCENARIO", 2004.
Óleo sobre lienzo. 120 x 120 cms.


"ESPECTADORES", 2004.
Óleo sobre lienzo. 40 x 160 cms.


"EL VIAJE EN TREN", 2004.
Óleo sobre lienzo. 24 x 24  cms.


"LAS ISLAS", 2004.
Óleo sobre lienzo. 27 x 27 cms.

"Un sueño de una noche de verano".
Exposición individual en la Galería Fúcares de Almagro.
Inauguración: 14 de julio de 2004. Hasta el 11 de septiembre.

"Un sueño de una noche de verano" es el título de la exposición que Leo Wellmar presenta en la Galería Fúcares de Almagro. La exposición propone al espectador realizar un viaje emocional por el mundo mágico y misterioso del teatro, empezando por el edificio del Teatro en si, "En el Centro del Alma".

Cada obra invita a entrar en ese mundo tan sugerente que la artista va desarrollando en cada uno de sus lienzos.

Para finalizar con una serie de obras de 27 x 27 cm en la cual entra en juego un discurso narrativo entre lo real y lo no real, sin límites, es como ir al teatro para presenciar la obra "Summernight dream".

.... la luz tenue del atardecer envolvía los paisajes mientras imágenes de una naturaleza abrumadora daban vueltas en mi cabeza. Después de varias horas de viaje en tren anunciaron la llegada de la próxima estación; mi destino y liberación.

En coche seguí el camino que me llevaría hasta una pequeña casa de campo que me habían prestado unos amigos. Días más tarde se iban a reunir conmigo para celebrar la noche más corta del año, la noche de San Juan. Dijeron que era el lugar más hermoso del mundo, y mientras me iba adentrando en profundos bosques, cruzando campos y rodeando lagos, pensé que además era el lugar más perdido. Perfecto, me encontraba en algún lugar en el suroeste de Suecia.

Cuando llegué al camino de tierra que me llevaría a la punta del cabo, ya era de noche. Aunque en verano no oscurece del todo, no me hacía ninguna gracia perderme en medio de la nada. Pero al final, a lo lejos, se podía distinguir algo de luz. Los únicos vecinos en kilómetros me estaban esperando.

La mañana siguiente me desperté con el sol haciéndome cosquillas en la cara. No tenía ni frio, ni calor. El aire era dulce, ligero y tenía todo el tiempo del mundo para ningún plan en especial. Una sensación maravillosa mientras uno se va estirando en la cama.

La casa era sencilla, pero con todos los encantos y detalles conservados de su época. Fuera había un pequeño jardín y en la parte de atrás, delante del lago, un cobertizo para la barca y un pequeño embarcadero. Parecía como si el tiempo se hubiera parado.

Antes de iniciar mi expedición por la zona, decidí ir a saludar a los vecinos. La otra casa no estaba a la vista, pero el eco de voces sobre el lago me hizo coger un sendero en las orillas hacia esa misma dirección. Mientras caminaba no podía dejar de contar la cantidad de islas que se agrupaban alrededor. Colina arriba encontré el mismo camino de la noche anterior, bordeado con la típica valla de palos de madera que antiguamente se usaba para limitar las tierras y encerrar a los animales. Aunque en este caso, un poco más hacía adelante, habían colgado numerosas alfombras de paño encima. Vi a los vecinos y demás gente trastear, entrando y saliendo de la casa sin parar, mientras los niños correteaban alrededor. Cuanta energía, pensé. Preparativos para las fiestas, gritó la vecina. A lo lejos me invitó a pasar la misma noche, contenta de no haber tenido que parar, le saludé con la mano, indicando que me iba al bosque.

Era como entrar en una enorme catedral con altísimas columnas en forma de troncos. Apenas entraba luz entre las densas copas. El silencio era ahogado, hacía más fresco y el olor a humedad se mezclaba con la cera y el pino. Un lugar mágico sin duda, en cuyo interior, decorado con cerros y miles de piedras esparcidas durante la época glaciar, se desplegaba una suave alfombra de musgo. El ambiente misterioso era tan palpable que no era difícil evocar las viejas leyendas e imaginarse ninfas bailando en la bruma del pantano mientras el hombre del río tocaba su violín; o sentir las curiosas miradas de gnomos escondidos, o el gruñido de un ogro malvado y hambriento.

Mientras cenábamos todos juntos, no podía dejar de comentar las experiencias vividas durante mi primer día. Acabamos contando viejas fábulas e historias que todos ya conocíamos y que todavía existen. Entre risa y cierta seriedad, me recordaron que en la noche de San Juan, después de medianoche, tenía que coger siete flores silvestres de tipos diferentes, saltar siete vallas, y después colocar las flores debajo del cojín antes de irme a dormir. Así, por la noche, soñaría con un futuro amor. Les pregunté con curiosidad, que podría esperar de soñar en el caso de ya haberlo encontrado. Un sueño de una noche de verano, me contestaron.

A media noche me despertó un extraño ruido, y una desagradable sensación de que alguien me estaba observando. Miré por la ventana pero no vi a nadie. Me quedé quieta, y escuché ligeros pasos alejarse en la noche. Algo temblorosa volví a la cama. Tonta, pensé. Seguro que ha sido alguno de los niños. Convencida me quedé un rato pensando, donde demonios iba a encontrar siete vallas diferentes...

Los días siguientes transcurrieron más o menos igual, incluyendo las visitas de madrugada a mi ventana; entre largos paseos por el campo y excursiones en barca, hasta me atreví a dar unos cuantos chapuzones helados en el lago. Lo único que interrumpió la rutina, fue la inesperada llamada de mis amigos para comunicarme que les era imposible venir. Así, algo desilusionada, me uní a los últimos preparativos de la gran noche.

Vestidos de blanco y coronados con flores cantamos y bailamos cogidos de la mano alrededor del árbol de mayo que se había levantado en medio de la colina. Algo parecido a una enorme cruz con dos aros colgando en cada extremo y , por supuesto, adornados con flores y cintas largas de colores. Seguimos comiendo y bebiendo en largas mesas preparadas en el jardín mientras nos sentíamos los únicos seres vivos en la tierra.

Cerca de medianoche, me despedí de la fiesta. Mi excusa fue el cansancio, pero en realidad lo tenía todo bien planeado. A luz de luna fue como andar por senderos de plata, hasta llegar al dormitorio y ver como el camino iluminado seguía sobre el lago. Vestida de blanco me quedé dormida, con las siete flores debajo del cojín.

De madrugada me despertó el mismo ruido y la misma sensación. ¡Este no era mi sueño! Mas que decidida salí fuera. Esta vez no se escaparía. LLevaré ese mocoso a rastras colina arriba, pensé enfadada. En silencio me acerqué a la parte de atrás. Escuché pasos y los seguí en dirección al bosque. Estaba a punto de amanecer y la neblina invadía el suelo escondiendo las raíces de los árboles. A tropezones seguí a mi presa en una persecución a ciegas que nunca parecía llegar a su fin. Por un momento pensé en parar, la pobre criatura a lo mejor estaba muerta de miedo. Entonces escuché el sonido de algo pesado caer al agua. Antes de darme cuenta, ya no había bosque. Delante de mi se abrió otro lago más grande, parecía comunicarse con el mar. Asustada empecé a gritar, pero nadie me contestó. Agotada, mojada e incapaz de moverme del lugar seguí buscando sin resultado. Entonces, de repente, vi un movimiento y la cabeza de una mujer apareció por encima del agua. Ágilmente se dirigía hacia una de las piedras cerca de la orilla. Se subió encima y sentada de espaldas hacia mi, se quedó mirando el horizonte con mucha calma. Mientras la observaba sentí una enorme sensación de paz y sosiego. De repente se giró, sonrió y desapareció en el lago. Sin saber muy bien lo que estaba pasando, me quedé mirando el lugar de la segunda desaparición. Su rostro me era familiar.

Me desperté con el sol haciéndome cosquillas en la cara. No tenía ni frio, ni calor. El aire era dulce, ligero, una sensación maravillosa mientras uno se va estirando, en la orilla de un lago...

Medio dormida, rodeada como el árbol de mayo la noche anterior, mis nuevos amigos, preocupados, iban haciéndome mil preguntas a la vez. Mientras tanto, yo los contaba uno por uno. No faltaba nadie. Decidí que no valía la pena dar ninguna explicación.

Una semana más tarde, todavía algo aturdida, entré por la puerta de mi casa. En todo el viaje de vuelta me había acompañado un recuerdo, una joven subida en una piedra con cola de pez.

Deshaciendo la maleta, me llegaron los olores de aquel lugar perdido en la nada. Cerré los ojos y añoré. Al sacar el vestido blanco, una concha de mar calló al suelo. Jamás lo había visto. Sorprendida la cogí entre mis manos y la miré con curiosidad. Entonces vi reflejada en el nácar el rostro de esa joven. Era el mío...