"INSTINTO". Imprimir


Eduardo Balanza
"El lobo solitario"
, 2003.
Fotografía sobre aluminio. 120 x 120 cms. Edición 3.


Stephan Balkenhol
"Man and Lizard"
, 1994.
Acrílico sobre madera. 186 x 130.5 cms.


Bene Bergado
"Chistera blanca"
, 2002.
Técnica mixta. 30 x 25 x 23 cms. Edición 5.


Marcel Dzama
S/T, 1999.
Acuarela y tinta sobre papel. 32 x 25 cms.


Thomas Grünfeld
S/T, 1990.
Vitrina y animales. 140 x 35 x 35 cms.


Sofía Jack
S/T, 2004.
Técnica mixta. 50 x 60 x 11 cms.


Oscar Seco
"Paso fronterizo"
, 2004.
Madera, plástico, enamel. 45 x 35 x 25 cms.

Exposición colectiva en la Galería Fúcares de Almagro.
Inauguración: 18 de dic. de 2004. Hasta el 20 de feb. de 2005.

Artistas: Eduardo Balanza, Stephan Balkenhol, Bene Bergado, Marcel Dzama, Paolo Grassino, Thomas Grünfeld, Sofía Jack, Luis Macías, Eugenio Merino, Walter Martín, Paloma Muñoz, Jorge Perianes, Liliana Porter, Carlos Schwartz y Oscar Seco.

"Dios dijo: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, las fieras campestres y los reptiles de la tierra". Génesis, 1(26)

Desde la más tierna infancia nuestra imaginería colectiva se encuentra poblada de innumerables animales de diferente condición y pelaje. El hecho de acercar el mundo a los niños mediante el concurso de los seres irracionales es un hábito que se pierde en el origen de los tiempos, una costumbre cuya actual manifestación encontramos en los tebeos y, sobre todo, en las películas de dibujos animados. Mickey Mouse, el pato Donald o Goofy son sólo los nombre más populares de un inmenso plantel de personajes creados en los estudios de Walt Disney, caracterizados todos ellos, eso sí, por sus indumentarias y actitudes perfectamente humanas: nuestros caracteres más tópicos, más reconocibles, los hallamos encarnados, caricaturizados, en estos animalitos parlanchines lo mismo que en esos otros, de naturaleza algo disparatada y heterodoxa -francamente canalla, en algunos casos- reunidos bajo el sello de la Warner Bros. Últimamente, los guionistas parecen haber descubierto en el fondo del mar un ámbito estimulante para mostrarnos las peripecias de una fauna marina que presenta, mutatis mutandis, nuestras mismas preocupaciones, ilusiones y debilidades (1). No en vano, cada día son más los especialistas en comunicación que se dedican a descifrar las motivaciones -las enseñanzas, como diría un clásico- que se encuentran implícitas en estas aparentemente ingenuas aventuras.

Este carácter ejemplar es sin duda una herencia de los cuentos tradicionales, de los cuales siempre había que deducir una moraleja; curioso término -especie de moral un tanto básica, como de andar por casa- que hace alusión directa a su didactismo. La desgracia de esa pobre niña crédula y confiada que conocemos como Caperucita Roja nos previene contra lo engañosas -incluso letales- que pueden llegar a ser las apariencias: un lobo travestido de abuela aprovecha la confusión para zampársela (los lobos, ya se sabe, son los campeones de la maldad, maestros del disimulo y personificación del peligro por antonomasia) (2). La nómina de ejemplos a este respecto sería extensísima.

Psicológicamente, a cada animal le ha correspondido algún atributo de nuestra humana naturaleza; vicios y virtudes, inclinaciones y propiedades que se encarnan de manera simbólica en aquellos rasgos que cada bicho nos sugiere: la fidelidad en el perro, la astucia en el zorro, la candidez en el cordero, la perfidia en la serpiente. Una interminable retahíla de cualidades que durante siglos nos ha servido de espejo existencial y moralista, cuyo uso más pedestre habría que inscribirlo en la esfera del insulto: habitualmente empleamos expresiones tales como más puta que las gallinas , hijo de perra o de zorra, al tiempo que calificamos de burro, de cerdo, de cabrón, o sin más especificaciones de animal, a cualquier semejante que nos importuna. El refranero, por su parte, improvisado almacén de la sabiduría popular acumulada durante generaciones (3), es pródigo asimismo en la referencia animal: Al fraile y al cochino no les enseñes el camino, Gato con guantes no caza ratones, El caballo y la mujer al ojo se han de tener. A este respecto, posiblemente sean las fábulas, ese género tan antiguo como edificante, el ámbito más singular e incisivo de cuantos se han utilizado para la escenificación de sentencias morales, teatralizando breves anécdotas habidas casi siempre entre animales.

Tal profusión de alegórica animalidad, todas estas maneras de implicar metafóricamente a las criaturas irracionales en nuestros propios asuntos, nos lleva a preguntarnos si la humanidad no se habrá excedido en las atribuciones derivadas del mandato divino en el sentido de dominar a las bestias, pues parece claro que su aprovechamiento ha ido mucho más allá de lo estrictamente funcional o material. Algo que podríamos calificar de imperdonable exceso de confianza por nuestra parte, sin olvidar que en la Antigüedad hasta hemos sido capaces de configurar divinidades a base de delirantes combinaciones anatómicas entre animales o entre animales y hombres (la ingeniería genética no es sino la consumación de esta inveterada tendencia humana hacia lo prometeico).

Animal Farm

La exposición colectiva que ahora nos presentan Eugenio Merino y Norberto Dotor casi sería posible tomarla como una particular puesta al día del estado de la cuestión a la que venimos aludiendo. Con frecuencia hablamos de la perpetua redefinición de las fronteras del arte, de la clausura de sus géneros tradicionales e incluso de que no sabemos muy bien qué significa hoy en día esta palabra (cada vez estoy más convencido de que se mantiene únicamente por razones de merchandising), sin embargo continuamos encontrando numerosas obras en las que los animales son el motivo principal: desde las inefables conversaciones de Joseph Beuys con un coyote o una liebre muerta, pasando por las repelentes mascotitas de Jeff Koons, los perros circunspectos y un tanto atribulados de William Wegman -auténticos alter ego , como en el conocido retrato de Otto Dix (4), de sus dueños-, el tiburón y demás fauna cortada estúpidamente por la mitad de Damien Hirst hasta llegar a la hibridación porcina de Matthew Barney en su célebre Cremaster. Nómina indicativa que ni mucho menos agota ni justifica la vigencia del tema animal en el arte contemporáneo pero que sí nos ofrece una idea clara de que lo que predomina en su tratamiento, digámoslo así, es un inexcusable sentido irónico. Ironía -o humor, si se prefiere- que pudiera ser reflejo del desenfado, de la incredulidad, del desasosiego ante un mundo que cada vez entra por nuestros ojos con mayor lujo de detalles pero que cada día asimilamos peor. Así las cosas, ¿por qué no emprenderla con los animales? Como escribiera René Crevel en L'Esprit contre la Raison :

"El poeta no hace dormir a los animales salvajes para jugar al domador, sino que, sigue su camino, viajero que piensa no en sí mismo, sino en el viaje, en playas de ensueño, en bosques de manos, en animales dotados de alma, toda una innegable surrealidad". (5)

Mondo Cane

Una consigna, esta de Crevel, bajo cuyo prisma bien podemos observar los brillantes ejemplares que componen este animalario al que se ha dado por título el de Instinto Básico. Domadores o no, los artistas parecen haber encontrado en estos seres una excelente coartada para penetrar en territorios que, planteados en otros términos, posiblemente estarían faltos del carácter inquietante y subversivo que es común a todas las piezas. La inocencia del ser irracional se aprovecha en detrimento de su cualidad, que resplandece en el escarnio, sirviendo su naturaleza como acicate para la paradoja. Así, los pajaritos abyectos (apreciado adjetivo de la estética contemporánea) de Jorge Perianes o esos otros más episódicos de Luis Macías -sospechosos de algo terrible de tan primorosos-, las cebras indolentes de Sofía Jack, el esforzado pollino de Stephan Balkenhol - trazado con la misma tosquedad de sus esculturas-, los dibujos elementales de Marcel Dzama -que parecen extraídos de algún cuento oscuro-, las siluetas primigenias y estilizadas de Carlos Schwartz o los muñequitos sometidos a un enmarcado indescifrable de Liliana Porter nos sugieren un clima equívoco, de difícil calificación, que se activa precisamente en virtud de su engañosa ingenuidad. Otro modo de remitirse a este mismo ámbito es hacerlo por la vía de la referencia infantil, que en la obra de Walter Martin y Paloma Muñoz adquiere la apariencia de una hilarante anatomía canina mientras que en la de Eugenio Merino se pervierte de manera indecente, categoría en la que por su parte abunda Thomas Grünfeld al presentar una cópula inverosímil. En las piezas de Oscar Seco y Bene Bergado unas situaciones insospechadas dan lugar a imágenes chocantes -risibles sino fuera por lo cáusticas que resultan- de enorme intensidad visual, lo que también sucede, esta vez por medio de la hibridación, con las obras de Eduardo Balanza y Paolo Grassino, ambas de un carácter metafórico turbador.

No nos extrañemos de nada. Pensemos que, al fin y al cabo, estamos familiarizados con estas criaturas desde la niñez, como comenzábamos diciendo, y es sabido que la barbarie es más bárbara, más incomparablemente lúcida, cuando se ejerce sobre lo más querido y entrañable: de las chispas que produce su feroz acometida también surge la poesía. El humor, como de manera ejemplar demuestra esta exposición, nos permite comprobar que es posible regresar al juego incluso cuando lo que haya que expresar sea algo muy serio, es decir, deliberadamente conmovedor y humano.

Víctor Zarza.

(1) La última entrega, ahora mismo en exhibición, es la titulada "El espantatiburones". Hace un año se estrenaba la producción de Disney/Pixar "Buscando a Nemo" y aún se pueden ver en algún canal televisivo las aventuras de "Bob Esponja".
(2) "Poco importa que el lobo vista la piel del cordero, pues sus costumbres le dan a conocer, y aunque se disimule algún tiempo, por último el tiempo le descubre sus maldades... Ser el lobo sínbolo de la trayción, es cosa muy común, mucho más si se reboza con piel de cordero".
Antonio de Lorea, David Pecador, empresas morales, político cristianas. Madrid, 1674.
(3) "Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas".
Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.
(4) Retrato del fotógrafo Hugo Erfurth con perro (1926).
(5) Transcrito de Herschel B. Chipp, Teorías del arte contemporáneo. Fuentes artísticas y opiniones críticas. Madrid, Akal, 1995; p. 443.


Paolo Grassino
"Chairdog"
, 2004.
Espuma sintética. 93 x 87 x 118 cms.


Luis Macias
"Hacemos el tercer mundo"
, 2001.
Acrílico sobre lienzo. 41 x 51 cms.


Jorge Perianes
S/T, 2004.
Madera, arcilla y pintura acrílica. 210 x 100 cms.


Carlos Schwartz
"Bestiario", 1997.
Témpera sobre papel. 36 x 26 cms.


Eugenio Merino
"El origen del mundo"
, 2004.
Fotografía digital. 50 x 50 cms. Ed: 3


Liliana Porter
"Estudio para entender una tapa que es un pato"
, 2003.
Polaroid y marco de madera lacado. 28 x 35'5 cms


Jorge Perianes
S/T, 2004.
Madera, arcilla y pintura acrílica. 162 x 40 x 30 cms.


Carlos Schwartz
"Bestiario", 1997.
Témpera sobre papel. 36 x 26 cms.