JOSÉ MARÍA GUIJARRO Imprimir




S/T, 2003.
Conglomerado. Tríptico, medidas segun instalación.


S/T, 2003.
Conglomerado. 119,5 x 77 cms.

"Thebäerstrasse".
Exposición individual en la Galería Fúcares de Madrid.
Inauguración: 10 de septiembre de 2003. Hasta el 11 de octubre.

Un artista debe encontrar su rincón. Dónde estaba el mío, es lo que me preguntaba cuando empecé a trabajar en el taller de la Thebäerstrasse, hace 16 años. Ahora que dejo este taller, me lo sigo preguntando, aunque, digamos que me he ido acostumbrado a confiar en la buena suerte. Antes no. Cuando daba mis primeros pasos en arte tenía demasiado miedo, y necesitaba asegurarme de que iba por buen camino. La verdad es que cuando llegué a este taller yo era un principiante, con muchas ganas de empezar de cero. ¿Qué quiero hace? ¿Qué puedo hacer para ser artista hoy? ¿Cuál es mi destino? Estas preguntas un poco altisonantes son las que me hacía, y durante años estuve buscándoles respuesta.

De lo que estaba seguro es de que el lenguaje fuese el mundo, de que el formalismo en el arte era una vía muerta que pertenecía al pasado, y de que también la representación figurativa pertenecía al pasado. Si yo quería encontrar mi camino sería fuera del formalismo y la representación. Me fijé entonces en el lenguaje como organismo vivo que nos constituye como hombres, y me propuse investigar y desarrollar el lenguaje plástico independientemente de cualquier otro lenguaje. Quise buscar sus elementos gramaticales y sintácticos, y al principio parecía haber encontrado una veta fértil. Fue cuando hice las esculturas que repetían la métrica de un verso. Pero en realidad lo que hacía era ilustrar el único lenguaje natural, hablado o escrito, de que disponemos.

Y, después de haber leído “¿Qué es Literatura?” de J. P. Sartre, he aprendido que el arte sólo metafóricamente se puede considerar lenguaje, porque no significa nada ajeno a él mismo, sino que es materialmente un cosa. Y traigo esto a colación para señalar que estas esculturas, las últimas de aquel taller, han perdido la seguridad que las primeras tenían al seguir una regla de formación previa. Ya no hay ninguna estructura métrica, ninguna constelación formal antes de empezar el trabajo, sino el azar, el material y las herramientas, y el propio proceso de trabajo es quien decide el resultado final. Porque algo sigue en pie: la emoción del trabajo humano en general, sea cual sea, que deja su impronta en los materiales que nos rodean, y que es una acción más importante que sus propios resultados.

Hay quien dice que todo el arte contemporáneo es efímero. Puede que sea verdad. Para mi no tienen mucha importancia las obras, aunque algunas se retengan mucho tiempo en la memoria. Y podría decir que me da igual el resultado final de mi trabajo, pero sería sólo una declaración de principios, porque sé lo que a veces cuesta dar con la única forma final que admite un trabajo, y que es necesario dar con ella, y porque no puedo renunciar al deseo de que mi trabajo perdure.

O sea que, bien mirado, aunque me siento más tranquilo con mi trabajo, he perdido la garantía que da seguir algunos principios. Es más, desconfío de los principios y del propio discurso cuando se trata de “hacer”. El discurso, la explicación, como la lechuza de Minerva, emprende el vuelo al anochecer, cuando la cosas están hechas. Le debo a John Cage, un tardío descubrimiento para mí, la confianza en el azar y la alegría de la invención permanente. Pero no todo es alegría, hay un miedo que me acompaña desde el principio, el miedo a que los otros no vean mi trabajo con buenos ojos. En “Un Pintor de Hoy” de John Berger acabo de leer: “la creación de un cuadro no constituye en sí misma un acontecimiento; el acontecimiento es cómo lo reciben los otros”.


S/T, 2003.
Madera. 205 x 155,5 cms.


S/T, 2003.
Madera. 234 x 109 cms.


S/T, 2003.
Madera. 234 x 109 cms.


S/T, 2003.
Madera. 290 x 153 cms.