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Exposiciones: Alvar Haro - Geografía Habitada

Alvar Haro - Geografía Habitada

Jueves, 14/Septiembre/2017
Sábado, 14/Octubre/2017

Artistas



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Estrellas fugaces


Fueron posiblemente los Night Thougts del poeta inglés Edward Young los primeros que introdujeron en la cultura europea la fascinación por la noche como motivo estético. En contra de lo que pueda parecer, la contemplación de lo nocturno no era algo seductor o atractivo, sino más bien algo vinculado con las tinieblas, con la oscuridad y con la idea del mal. El libro de Young, publicado en nueve partes, entre 1742 y 1745, se remitía más bien a la tradición elegíaca, como un largo lamento por la muerte de su esposa, tal y como sugería explícitamente su título, The Complaint: or, Night-Thoughts on Life, Death, & Immortality, pero sin embargo hizo verdaderamente de la noche el objeto de su musa. En la cuarta noche por ejemplo, el poeta contempla el cielo estrellado en su inmensidad nocturna, y se pregunta por la trayectoria estelar de los cometas: “Hast thou ne’er seen the comet’s flaming flight?” [¿No viste nunca el vuelo llameante del cometa?], y se pregunta también por su retorno, como imagen cósmica de la resurrección. El libro de Young alcanzó una resonancia y una popularidad sorprendentes a lo largo del s. XVIII. Al final de la Crítica de la razón práctica, publicada en 1788, Kant introdujo una conclusión —que había de servir como epitafio para su propia sepultura— en la que se hablaba de esta fascinación nocturna: dos cosas, decía Kant, llenan mi ánimo con una nueva y creciente admiración y respeto: “Der bestirnte Himmel über mir, und das moralische Gesetz in mir” [“El cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí”]. William Blake hizo, al final del siglo, una edición ilustrada del libro de Young, para la que preparó más de quinien tos dibujos y acuarelas diferentes. Y todavía Novalis publicó el último año del siglo, en 1800, sus Himnos a la noche, para conmemorar a su llorada Sophie, en recuerdo de los Pensamientos nocturnos de Young. ¿Qué ser vivo no ama la luz por encima de todo? —se preguntaba el poeta al comenzar sus Himnos—. “Pero yo me vuelvo hacia el valle, a la sacra, indecible, misteriosa Noche”. También Alvar Haro parece querer entonar con sus últimos lienzos, una especie de Himnos a la noche. Sus paisajes nocturnos, en los que se combinan misteriosamente los azules oscuros con los negros sombríos, son por un lado paisajes terrestres. Se trata, en efecto, de recónditos bosques en cuya penumbra se ocultan cuerpos esparcidos, a veces retozando tumbados, a veces haciendo el amor, y que a veces también nos aparecen como despojos humanos, como cadáveres arrojados en las sombras. 

Es cierto que la idea inicial del artista no es en absoluto tétrica. Para él, en principio se trata del tema bucólico y pictórico de los almuerzos campestres. Alvar cita como referentes el pequeño lienzo de Watteau, en el Museo del Prado, titulado Fiesta en un parque, 1712-1713; y obviamente también el famosísimo Almuerzo campestre de Manet (Museo d’Orsay, París, 1863). Ninguno de ellos sin embargo es un paisaje nocturno. Tienen en común con los cuadros de Alvar Haro los cuerpos dispersos por el bosque, y algo de su enigma y de su erotismo inquietante. Sin embargo, sus paisajes nocturnos se abren, cada vez con más frecuencia, a la contemplación del cielo estrellado, en medio de la oscuridad del bosque. De hecho, en ellos lo más notable es la presencia del cielo en la tierra. Adoptan, en un fuerte contrapicado, el punto de vista del espectador, de modo que los árboles crecen hacia lo alto y las estrellas se ven en el infinito, allá lejos.

A pesar de que el artista nos cuenta que lee mucho de astrofísica, sus cielos estrellados no son sin embargo cielos reales. Las estrellas y los cometas aparecen aquí dispersos y confusos, en una especie de astronomía imaginada. Se trata en realidad de un canto laico —dice el artista— a los misterios de los que provenimos. Por eso cada vez más aparecen en sus cuadros agujeros negros, vías lácteas…

Se trata en realidad de una visión romántica. Como en el paisaje sublime del XIX, a medida que la naturaleza se va haciendo en sus cuadros cada vez más grande, el hombre se vuelve cada vez más diminuto e insignificante. Sus bosques nocturnos son visiones cósmicas y astrales. En ellos aparecen la tierra y el cielo, el día y la noche. En ellos el artista señala una coincidencia sorprendente. La perspectiva que se adopta es infinita. El punto de fuga se escapa hacia lo alto. En lo alto brillan también unas estrellas fugaces. Como los cometas de Young, esperamos tal vez su retorno dentro de mil años. Punto de fuga y fugacidad apuntan en el fondo a lo mismo. Se trata en realidad de nuestra propia fugacidad. “Los días de la luz están contados —escribía Novalis—, pero fuera del tiempo y del espacio está el imperio de la Noche”.

Miguel Cereceda

    

It was possibly the Night-Thoughts by the British poet, Edward Young, the ones which introduced in the European culture the fascination with the night as aesthetic motif. Despite what may be gleaned, the contemplation of the night-side was not something tempting or appealing, but rather something linked to the gloom, to the darkness or to the idea of evil. Young’s book, published in nine parts, between 1742 and 1745 referred to the elegiac tradition as if it was a long moan for his wife’s death, like its title already suggested, The Complaint: or, Night-Thoughts on Life, Death and Immortality; yet, he really made from the night his muse.  For instance, along the fourth night, the poet gazes at the starry sky in its night vastness, and he wonders by the comet’s flaming flight: ‘Hast thou ne’er seen the co met’s flaming flight?’ and by its return, as cosmic picture of the resurrection.

Young’s book reached a surprising impact and popularity throughout the 18th century. At the end of The Critique of Practical Reason, published in 1788, Kant drew a conclusion, which intended to serve as epitaph for his own grave, where he talked about such night fascination: two things ? Kant said ? bridge my spirit with a new and growing admiration and respect: ‘Der bestirnte Himmel über mir, und das morasliche Gesetz in mir’ (‘the starry sky upon me and the moral law in me’.)

William Blake was commissioned, by the end of the century, to illustrate Young’s book, for which he painted more than five hundred different drawings and watercolors.  And the German writer, Novalis even published in the last year of that century, 1800, his Hymns to the Night in order to commemorate his mourned Sophie, in memory of the Night-Thoughts by Young.  What living thing does not love more than all the all-joyful light? The poet wondered in his first Hymn. However, ‘Aside I turn to the holy, unspeakable, mysterious Night’he answered.

Alvar Haro also seems to want to tone with his latest canvases a sort of Hymns to the Night. His night sceneries, where he mysteriously matches dark blues with shaded blacks, are, on the one hand, landscapes. Indeed, they are remote forests that hide with their shadows, scattered human bodies that are sometimes lain frisking, other times they are making love, and they sometimes may also appear as human debris, like corpses thrown in the shadows. It is certainly true that the artist’s starting idea is by no means gloomy. For him, this is, in principle, a bucolic and pictorial topic of picnic lunches.  Alvar shows as references not only the small oil on canvas by Watteau, belonging to the Prado Museum, and entitled Fête in a park (1712-1713), but also glaringly, the well-known painting, The Luncheon on the grass (1863) by Manet, located in the Orsay Museum in Paris. However, neither of them is a night scenery. They share with Alvar Haro’s paintings the scattered human bodies along the forest, and some of their enigma and disturbing eroticism. Yet, his night sceneries open out increasingly onto the contemplation of starry skies, in the middle of the darkness in a forest. In fact, the most remarkable thing in them is the presence of the sky on earth. They hold, with a low-angle shot, the spectator’s point of view, in a way that those trees grow upwards and the stars are seen in the infinity, far and distant.

Despite the fact that the artist told us that he reads a lot about astrophysics, his starry skies are not, in contrast, real skies. Here, stars and comets appear scattered and blurred, in a sort of unrealistic astronomy. It is actually a lay song, as the artist states, to the mysteries from which we come.  Therefore, his paintings increasingly exhibit black holes, milky ways, and so on.

This is also a romantic view. Just like the sublime landscapes of the 19th century, the greater the nature becomes in his paintings, the tinier and insignificant the man gets. His night forests are cosmic and astral visions. They display earth and sky, day and night. And the artist points out a surprising coincidence: its perspective is endless, and the vanishing point leaks into the top, where a few shooting stars sparkle too. And as Young’s comets, we hope that perhaps thousands of years from now, they return. Vanishing point and fleetingness aim basically at the same: our own transience. Then, like Novalis wrote: ‘To the Light a season was set; but everlasting and boundless is the dominion of the Night.’

Miguel Cereceda  



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