SIMEÓN SÁIZ RUIZ01 Mar 2007 / 07 Abr 2007
EN CON(DE)STRUCCIÓN
Que poco podía imaginar cuando con mi primera cámara fotográfica recorría el Júcar que treinta años después volvería a fotografiar uno de sus tramos en un estado tan lamentable. Es cierto que no es un tramo que corresponda a la parte más turística de la ciudad, pero también es verdad que en mi infancia era un lugar casi virgen y paradisíaco. Hasta él sólo llegaban caminos en la hierba y los niños se bañaban junto a un puente de madera. Hoy el puente es de hormigón y el asfalto acompaña al agua en su curso. Nadie se baña allí ya y las urbanizaciones son las únicas que parecen acercarse al agua. El río, como si se hubiese construido contra él y no con él, ha quedado convertido en una tierra de nadie, lugar de paseo de los jubilados y de acampada de vendedores ambulantes. Las márgenes están sucias. No es sólo la porquería que arrastran las crecidas y que con la sequía queda depositada en árboles y tierra. Es también que la gente ensucia sin reparo y nadie limpia. Cuesta trabajo pensar que en este caso pueda darse para alguien amnesia del paisaje, pues es difícil concebir que los usuarios de tales espacios no sean conscientes de la degradación, a no ser que admitamos que hoy asumimos como habitual movernos en los alrededores de las ciudades por un entorno natural degradado. Pero obviamente no todos los espacios urbanos están deteriorados. Muchos son atentamente cuidados. Entonces está claro que las decisiones de dejar ciertas áreas a su suerte está tomada por las autoridades en función del uso que les pueden sacar, entendiendo esto en el aspecto de cuanta gente en la ciudad va a beneficiarse y también en términos económicos, cuanto va a costar, y políticos, cuántos votos van a ganar los políticos que intervengan. Es difícil entender que un paraje que rodea un río no se entienda como de valor ecológico prioritario, y por lo tanto susceptible de rédito fácil a largo plazo en los tres sentidos. ¿Estamos simplemente ante un caso de simple error por parte de las administraciones locales? ¿O de simple explotación excesiva por parte de los usuarios de una propiedad comunal de libre acceso? No hay nadie que se beneficia en esta situación y el que menos el usuario. Ni el que utiliza el espacio ensuciándolo ni el que viene después que ya lo encuentra sucio y sigue contribuyendo al deterioro. Cuesta pensar que el esfuerzo que implicaría recoger los desperdicios propios supera a la inconveniencia de moverte entre ellos. Luego todos sabemos que nos movemos por un paisaje deteriorado, por cuyo cuidado, simplemente no queremos hacer nada. Por otro lado, todos hemos leído las noticias sobre el consumo de cemento en nuestro país y sobre los casos de corrupción urbanística. Todos hemos visto como nuestras ciudades se han llenado de construcción nueva cambiando la faz de barrios enteros y por poco que hayamos viajado, habremos visto nuestras costas convertirse en una sucesión de edificaciones de dudoso valor arquitectónico. Las fotos, sin embargo, no expresan nostalgia ninguna, ni por un pasado perdido ni por un presente que no es, ni están en contra de la arquitectura y de la renovación de nuestros edificios, ni contra las obras públicas sean de grandes o pequeñas infraestructuras. Tampoco critican la pasividad de la administración allí donde no hay valor publicitario, ni tampoco acusan a un consumidor insolidario y egoísta. Tampoco explican por qué ocurre. Sólo constatan que ambos fenómenos se producen. Que sean interrelacionados es ya una suposición del autor. De esa suposición se derivan metáforas potentes porque ya nos habitan hace tiempo: los deshechos del consumo se convierten en nuestros nuevos paisajes artificiales, nuestra nueva naturaleza, mientras que la naturaleza real se parece cada vez más a un deshecho. Ambas imágenes se funden en una cuanto más se acercan al escenario de una película de ciencia ficción de dudoso gusto. Pero las fotos no escenifican nada. Simplemente muestran en el más puro estilo documental. Lo que se ve es lo que hay. ¿No es del documento de donde surge la obra de arte más potente? Con todo, estas fotos presentan pretensiones modestas, documentan desde dentro y no son de grandes eventos. No estamos hablando ni de los restos del Prestige, ni de las huellas del Katrina, ni me he tenido que ir muy lejos para tomar unas fotos y otras. La zona del río la conozco desde mi infancia y hubiese podido poner el trípode casi a ciegas. Los contenedores los he encontrado todos alrededor de mi casa en Madrid. Es un mundo muy conocido y reducido sin catástrofes ni técnicas ni naturales. Estoy seguro que muchos de los espectadores de estas fotos tendrán en su mente otros microcosmos semejantes. Como obras de arte intentan sumir al espectador en la contemplación y romper el ciclo de consumo rápido característico de la fotografía:
Si esta estructura de visión que describe Burgin es fácil de reconocer en la mayoría de nuestros usos de la fotografía, también creo que se puede romper y en mi caso dicho intento sería lo que justificaría los grandes formatos. La naturaleza de lo que hay se ve en un golpe de vista, pero los detalles los tiene que buscar el espectador y puede tomarse su tiempo con ellos. Al hacerlo, como he dicho, no se va a encontrar ni con explicaciones ni con soluciones. Todo lo más, se imaginará que, cuales quiera que sean, cuanto más éxito tengan, más divergentes volverán a esas dos imágenes y más difícil será hacerlas coincidir. Mientras tanto seguiremos paseándonos por la basura y entre los contenedores donde también sabemos, sin duda, encontrar belleza.
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