Madrid

07 Nov 2006 / 31 Dic 2006

ELGER ESSER

3 de junio de 1769, nos encontramos en la ciudad de Riga, antigua provincia rusa de Livland, bajo la regencia de la zarina Catarina II. Según el calendario juliano vigente allí en aquella época estamos a 25 de mayo. La Europa intelectual muestra un profundo desasosiego: tras el tránsito de Venus del año 1761, justo ese día se producirá otro, que será seguido por expediciones de todos los rincones de la Tierra. El famoso capitán y navegante James Cook ha partido en el "Endeavour" desde Inglaterra dispuesto a presenciar la alineación del Sol, Venus y la Tierra; para ello se dirige a la lejana Tahití, recientemente descubierta por el capitán Samuel Wallis. El astrónomo británico Edmond Halley, contemporáneo de Isaac Newton, ha calculado con exactitud el tránsito de Venus y así científicos de todo el mundo han podido poner en marcha estudios muy precisos sobre la distancia entre el Sol y la Tierra. Estudiosos procedentes de Francia, Inglaterra, Holanda, Alemania, Suecia, Dinamarca, Rusia y España se han dirigido a San José (Baja California), Greenwich, Batavia (Yakarta), Estocolmo, Yatutsk o Manila. En las más de 80 estaciones han conseguido reunirse más de 150 mediciones. Los resultados de las observaciones del año 1769 son más congruentes que los de 1761, pero incluso ahora varían mucho los valores de la paralaje solar. Es ya en el año 1824 cuando Johann Encke vuelve a analizar todas las mediciones y llega a la conclusión de que la distancia media entre el Sol y la Tierra es de aproximadamente 150 millones de kilómetros. Para entender la importancia de este acontecimiento debemos recordar que en aquella época era necesario viajar durante semanas e incluso meses en diligencia y barco y, por tanto, someterse a enormes esfuerzos tanto físicos como económicos para llegar al destino deseado. En la ciudad de Riga, un joven pastor y predicador evangelista de 25 años de edad apenas parece preocupado por la conmoción científica de ese día. El 21 de mayo había dado tierra a su último cadáver, el día 28 pronunciado su sermón de despedida, sobre Santiago 1, 21, y justo ese día se encuentra en el puerto.

Allí se han reunido bajo una tempestad terrible el futuro alcalde Sr. Wilpert, su editor el Sr. Hartknoch con su mujer y su primera amistad femenina, la desposada madame Busch, para desearle a él, Johann Gottfried Herder, el canónigo magistral saliente, todo lo mejor en el futuro. Le acompaña Gustav Berens, hermano del patriarca de una familia de comerciantes de Riga, que mantiene contactos en el extranjero y tiene previsto transportar hasta Nantes en barco una partida de centeno y lino. Nuestro filósofo en ciernes, por el contrario, no tiene ningún destino concreto, sólo quiere escapar de una crisis vital y de identidad. Tras dejar atrás "muchas preocupaciones por la despedida y otros quehaceres e inquietudes que no me dejan conciliar el sueño y me mantienen aturdido a la mañana siguiente" (carta de 3 de junio de 1769), "un día y medio de tremendos malestares" le sirven para darse cuenta de que un viaje por mar en barco no es para tomárselo a la ligera. La fragata atraca el 19 de junio en el puerto de Helsingör, isla de Zelanda, donde desde 1450 las autoridades danesas cobran a los barcos bajo bandera extranjera los derechos de aduana conocidos como "Sundzoll". Aquí parece ser que Herder ideó el vago plan de desembarcar y visitar al escritor residente en Copenhague Friedrich Gottlieb Klopstock. Su destino está decidido: "Iré a Francia". Mientras se encuentra en alta mar, nuestro humanista, que ya ha publicado algunos escritos, comienza a llevar un diario que se publicará anónimamente en un primer momento y más adelante se convertirá en uno de los primeros manifiestos del inminente movimiento conocido como Sturm und Drang (Tempestad e ímpetu). En el barco, el melancólico Herder experimenta una especie de despertar.

Liberado de la opresión que supone la vida en la ciudad, en alta mar se ve como el "filosofo en su navío" y esboza a grandes rasgos su obra "Ideas sobre la filosofía de la historia de la humanidad" cuya redacción, no obstante, comenzará a principios de 1780. Es el siglo en el que se escriben los más importantes relatos de viajes sobre las exploraciones en Europa y los continentes lejanos. Viajar equivale a cultivarse y en los círculos aristocráticos del Rococó lo que se conocía como el "grand tour" incluía la exploración durante varios meses de las capitales europeas acompañado por un galante guía, tarea que desempeñó Herder al terminar su visita a Francia con el joven Peter Friedrich Wilhelm, Príncipe de Holstein-Gottorp, hijo mayor de su soberano. Mozart acaba de cumplir trece años cuando Herder desde Riga se hace a la mar y poco después comienza con su padre Leopold el primero de los tres extensos viajes que realizarán por Italia. Alexander von Humboldt mide las dimensiones de la Tierra y el paraíso, que durante mucho tiempo se alojó en el centro de las representaciones cartográficas del universo, se traslada a ojos vista hasta el borde de los mapas.

En el verano de 1996 el fotógrafo artístico alemán Elger Esser viaja por primera vez al Loira y los alrededores de Nantes, en los años siguientes este destino se convertirá en uno de sus favoritos. Todavía está estudiando en la Academia de Arte de Dusseldorf y se matricula en la clase de Bernd y Hilla Becher. No obstante, el joven de 27 años ya ha descubierto el campo temático esencial al que dedicará su práctica artística individual: la fotografía de paisajes. Un año antes, en la exposición Akademierundgang de Dusseldorf muestra un cuadro compuesto por su colección de postales y fotografías, que datan de alrededor de 1900; en todas ellas se muestran imágenes de la costa Atlántica francesa con el mar como trasfondo. El agua le ha fascinado desde su infancia en Roma.

El artista, nacido en Stuttgart en 1967, se traslada con dos años de edad a la capital italiana. El motivo de este traslado fue la concesión de una beca Villa Massimo a su padre, el escritor Manfred Esser. Régine, su madre, era fotógrafa y durante la estancia en Roma trabaja como corresponsal de la revista SPIEGEL en Hamburgo. Elger Esser se cría en un entorno en el que se realizan fotografías a diario, la suya es una fotografía documental heredada de la madre, quizá una alusión irónica a sus futuros profesores de la Academia de Dusseldorf. La familia vive en una zona muy frecuentada por los turistas. Durante su infancia la Roma antigua está presente en las postales artísticas que se encuentran por doquier. Su primer recuerdo es una modesta fuente de la Piazza delle Vaschette con la inscripción S.P.Q.R en la que el muchacho bebe de camino al colegio. Más tarde, en una fotografía realizada en su viaje a Italia de 1998, volverá a descubrir la fuente donde todo empezó. Ese mismo año Elger Esser intenta un regreso condenado al fracaso: en Roma no encuentra los jardines mágicos de su infancia. Viaja por Suiza en busca de sus raíces que intenta captar en imágenes en un relato de viajes aparecido en el año 2000 que incluye un texto poético junto con descripciones de viajes autobiográficas de su padre en las que participa el hijo adolescente y le preparan para una vida sin él: poco tiempo después fallecerá. Tres años después de la muerte de su padre el artista de 33 años apunta en su libro titulado "Nach Italien" (Hacia Italia) que había regresado demasiado pronto. Es tiempo de superar la tristeza mediante fotografías y el tiempo grabado en ellas. Recuerda una redacción compuesta cuando todavía iba al colegio sobre el empedrado de la piazzetta frente a su casa, "Parque y campo de fútbol en el que con frecuencia besaba las piedras con rodillas y codos y refrescaba en la fuente las sangrientas heridas del juego".

Al final del libro aparece una poesía de Hölderling a través de la que Elger Esser reconoce conscientemente que el sufrimiento es una constante en la vida del ser humano: "También tu querías llegar más alto, pero el amor nos fuerza / a bajar todos y el dolor nos dobla con mayor ímpetu / mas no torna en vano / nuestro arco al punto en que partió".

Excepto en algunas pocas vedutas, el agua es un contenido permanente en el trabajo fotográfico de Elger Esser, en ciertas obras incluso domina la totalidad de la superficie de la imagen. Por un lado están las fotografías del mar, siempre tomadas desde una gran distancia y con frecuencia convertidas en una imagen abstracta mediante las oportunas perspectivas y encuadres, un efecto que también se consigue en la mayoría de sus fotografías mediante copias extremadamente claras realizadas en el laboratorio fotográfico. A diferencia de las postales artísticas, que Esser continúa coleccionando con minuciosidad y que recientemente traslada a una serie con ayuda de la manipulación digital y ampliaciones en las que constantemente aparece el mar con su fuerza primigenia, el propio artista fotografía el mar siempre en reposo y las marismas circundantes casi como si la imagen se disolviera. Pero incluso en las vedutas, el agua es un motivo omnipresente. La aparición de las ciudades ha sido desde épocas remotas una consecuencia de la necesidad de crear nuevos centros de comercio. Y estos centros necesitan las vías de transporte más sencillas y rentables para el transporte de mercancías como madera, sal o cobre: el agua. Las fotografías urbanas de Elger Esser consideran incidentalmente la aparición y la localización de las ciudades, pues por así decirlo él participa de forma silenciosa en la totalidad de la creación de la imagen.

Entretanto, la colección de tarjetas postales de Elger Esser cuenta con más de 25.000 ejemplares, principalmente de una editorial parisina de alrededor de 1900. Se trata de un hecho que demuestra su tendencia hacia la catalogación, una característica personal todavía más acusada si tenemos en cuenta que este compendio se encuentra clasificado por departamentos franceses. Finalmente su minuciosa clasificación del material recopilado a lo largo de estos años le lleva en 2004 a, por así decirlo, apropiarse de él para crear sus propias composiciones fotográficas. La importancia que para él tiene la conservación del ímpetu histórico se muestra a finales de 2005 en la obra "Binic" en la que amplía una tarjeta postal en blanco y negro que finalmente es coloreada a mano por sus asistentes. El nivel estético que la imagen recibe de esta manera nos recuerda en gran medida al aura de los cuadros de los grandes maestros. Y aquí también se encuentra el credo esencial de Elger Esser con el que se distingue el efecto estético de la creación de sus imágenes. Esser no teme producir una obra con métodos actuales que nos recuerde al pasado de los siglos XVIII o XIX y que por momentos excluyamos de nuestra apreciación del arte: la presentificación del tiempo y de los recuerdos que le atribuimos. Las tarjetas postales eran a mediados del siglo XIX la primera comunicación de imágenes accesible para las masas. Continúan trayéndonos a la memoria un lugar en el que hemos estado y la permanencia de ese lugar, así como los recuerdos para aquel al que se le envió. De esta forma también se cierra el círculo que Elger Esser traza al coleccionar postales y finalmente, tras su ampliación y manipulación, pone su obra a disposición del "White Cube", de la galería o el museo para de esta manera conseguir acercarse a los destinatarios.

En el caso del escritor Gustave Flaubert, los motivos para huir a lo incierto y lo lejano no son muy distintos a los de la partida de Johann Gottfried Herder en dirección a Francia, así que en octubre de 1849 inicia un viaje con su amigo Maxime Du Camp hacia Egipto, Nubia, Palestina, Siria y el Líbano que, al igual que en el caso de Herder, desemboca en un extenso relato de viajes: "Viaje a Oriente".

Lo particular de este viaje no son sólo las descripciones detalladas, sino más bien la documentación de los monumentos visitados mediante un aparato fotográfico que Maxime, el acompañante de Flaubert, lleva en su equipaje; se trata de una de las documentaciones fotográficas más tempranas en lo que a arquitectura se refiere. Estas fotografías aparecen junto al relato de viajes con una majestuosidad casi mítica y no es casualidad que Elger Esser haga referencia en una serie de fotografías a la correspondencia en la que Flaubert pide a Maupassant en el año 1877 que le proporcione una descripción detallada de la costa normanda donde residía su hijo adoptivo literario. Elger Esser inicia una búsqueda de estas descripciones y encuentra sin apenas cambios las formaciones rocosas y de la costa descritas con especial minuciosidad y durante dicho viaje las captará fotográficamente en la serie "Cap d´Antifer-Étretat". Las fotografías muestran una majestuosidad arcaica que no difiere mucho de los daguerrotipos de Maxime. Existe una analogía en la "voz" de las imágenes, aunque no en la concepción fundamental estética, que en el caso de Maxime es más documental que en el caso de Esser.

Al comienzo de su "diario" un lacónico Herder opina que "una gran parte de los sucesos de nuestra vida dependen realmente del azar". También la estética típica de Elger Esser, las tonalidades amarillentas de las vedutas y algunos paisajes que con el paso del tiempo se ha convertido casi en su sello personal se deben al puro azar, pues se trata de una variación hacia tonalidades amarillentas que apreció en 1996 al realizar ampliaciones en el laboratorio. Aunque en un primer momento pensó en desecharlas, luego se dio cuenta -como sucede con muchos de los grandes descubrimientos- de que eran hijas de la casualidad. El efecto de esta tonalidad no sólo está íntimamente ligado con imágenes arcaicas, sino que otorga a la fotografía una cierta atemporalidad y así nos encontramos con otra característica del núcleo más profundo de la práctica artística con la que Elger Esser acomete sus proyectos: priva a sus obras de una clasificación temporal concreta y clara y las convierte de esta manera en algo "abstracto" que aspira en gran medida a la validez universal. El diario de Johann Gottfried Herder contiene un gran número de proyectos e ideas que aspiró a llevar a la práctica en el futuro. Un capítulo concreto está dedicado detalladamente al concepto de sublimidad, que incorpora previa modificación de la filosofía inglesa y que también encontró en Kant. Años después el Romanticismo acogería las tesis de Herder. Considera que experimentar la sublimidad es una especie de estremecimiento que, sin embargo, en presencia de la belleza produce una elevación. En este caso, guardar una relación viva con la Antigüedad resulta crucial. Los efectos que producen la fotografía y la manipulación de postales de Elger Esser se caracterizan por su manifiesta sublimidad, pues de una forma muy particular formula un concepto de belleza que ha sido objeto de críticas. No obstante, Esser no concibe sus obras en el sentido de lo sublime según la formulación de Barnett Newman, sino más bien como una confrontación igualitaria del individuo con lo que tiene enfrente de sí que, en su caso, es la visión de una ciudad, del mar o de un paisaje que eleva al individuo a otro estado de la conciencia.

Las analogías entre el pensamiento de Herder y la estética de las obras de Esser también se aprecian en el paralelismo dentro de la localización histórico-cultural. Herder opinaba (al igual que Goethe, tres años menor que Herder, y maravillado por el énfasis de éste) que se encontraba en una época de transición, del mismo modo que hoy también somos testigos del fin de una era. Podemos decir que la Modernidad ha fracasado y la Postmodernidad se encuentra en un callejón sin salida. A día de hoy nadie sabe realmente cómo será el mundo dentro de diez años.

Lo único que está claro es que una época está llegando a su fin. Bajo esta tónica predominante caracterizada por la melancolía de la sociedad, Elger Esser crea sus imágenes partiendo de unos principios de estética y ética profundamente arraigados en la Historia. Elger Esser simpatiza con el Romanticismo en la misma medida que con el sensibilidad de la Ilustración que preparó el paso a la corriente del Sturm und Drang, así como con el Idealismo alemán tal y como lo formuló Friedrich Schiller. La literatura actual, al contrario de lo que sucede con las artes gráficas en estos momentos, no tiene miedo de recurrir a principios temáticos o históricos al formular las manifestaciones artísticas relevantes hoy día. Pensemos, por ejemplo, en novelas de viajes históricas como "Die Schrecken des Eises und der Finsternis" (Los horrores del hielo y la oscuridad) y "La medición del mundo" de Daniel Kehlmann. En ambos libros los autores parten de una base histórica de acontecimientos y personas y ensamblan las narraciones en una continuación ficticia hasta formar un todo. Las fotografías de Elger Esser funcionan de un modo similar. No han de entenderse como una historización ni como epígonos de otras épocas. Es mucho más vanguardista de lo que puede parecer en un principio. En una época en la que el arte parece que sólo conoce estudios dedicados al desmoronamiento de un mundo en declive o un escapismo en forma de mundos de fantasía, Elger Esser contraataca con sus alegorías poéticas: los silenciosos Apocalipsis con los que ensalza a la vida en sus fotografías se oponen a la desaparición del mundo.

PÜHRINGER, Alexander, «Frame». Marzo-Abril 2006.