GALERA FCARES

Venta de cermica. Fernando Renes

Venta de cerámica y otras historias rescatadas del tiempo

Por Estrella de Diego

En los Museos Vaticanos de Roma se conserva un bello mosaico construido con pequeñas teselas que en su día ocupó el suelo de una villa de la época de Adriano, situada en la región de Roma. Pese a todo, no es la belleza extraordinaria de la pieza lo que llama la atención de los visitantes; ni el acabado técnico de la obra; ni la representación de las máscaras teatrales que ocupan uno de los lados. Lo que atrapa la mirada es una serie de objetos variados, restos de un banquete -raspas, residuos de frutas, huesos…-; cosas que se caen al comer, desperdicios; fragmentos del paso del tiempo en las vidas humanas; momentos que se acumulan antes de desaparecer para siempre cuando el cepillo los barre -los borra- y pasan va a formar parte de lo que fue de manera definititiva. El nombre de este tema decorativo es elocuente: asàrotos òikos: “suelo sin barrer".

Se trata de una especie de bodegón que codifica el mundo clásico y que dará lugar a un subgénero de moda durante el XVII neerlandés: el bodegón en desorden, lugar para la reflexión a partir de panes mordisqueados y copas derramadas; contraste entre lo lujoso de los enseres que se muestran en la pintura y los modales cuestionables de los invitados, demostrados en el caos al comer. Pese a todo, si en el género de los bodegones nada es aleatorio, la estrategia de los desperdicios elevados a la categoría de objeto artístico podría ser un simple camuflaje para aludir a los estragos del transcurso. Dicho de otro modo, estos “retratos” de los desperdicios se inscriben en el género de la vanitas.

Me pregunto si en sus paseos romanos Fernando Renes se habrá tropezado con ese mosaico, una obra hasta cierto punto humilde entre tantos tesoros deslumbrantes custodiados en los Museos Vaticanos; si se habrá parado frente a este suelo lleno de lo que van quedando, los detritos, antes de que la escoba los barra y la narración vuelva a comenzar, sobre todo porque Renes sabe que cada historia toma cuerpo desde los huecos, el sitio donde habita lo esencial de cada historia. Si no hay relato sin pérdida, decía Freud, sin ausencia y medias palabras no hay tensión narrativa.

De modo que Renes traduce lo que ve en el paseo romano -el ratón le delata. Lo elabora en sus cerámicas, esas en las cuales hace tiempo que se siente a gusto. Y diseña sus murales abrumados por desperdicios modernos, sin barrer–botellas de agua Evian, un trozo de pizza, dos medios kiwis…-;  o murales construidos a partir de azulejos reciclados, un ejercicio ecologista en el cual reciclar tiene algo del acto de barrer el suelo, recoger lo tirado para darle una nueva vida. Aunque reciclar tiene también en Renes -inmenrso en la cultura japonesa- algo de ese concepto japonés que aboga por un reciclaje ilimitado de los objetos, las roturas y los rasgados -y las restauraciones- como parte esencial en la vida de las cosas. 

Renes va más allá. En sus paseos romanos, tras reflexionar desde una mirada actual sobre la vida que fue -a trozos, a ratos-, le han debido asaltar súbitas similitudes con los objetos de la cotidianidad más entrometida -las llaves del coche, la cartera, un juguete sexual, una fruta, dinero suelto…-, catálogo de objetos que ocupan inesperadamente los lebrillos de cerámica, que se unen al resto de sus piezas -jarros, albarelos con mensaje insólitos que nos obligan a pensar… - y se convierten en el domicilio momentáneo para lo no barrido. Ahí están, pintados, los objetos de lo cotidiano en una curiosa maniobra duplicatoria, pues ¿no son estos recipientes nuestro auxilio en el falso orden de la casa, refugio de las cosas que, sin estar en su sitio definitivo, fingen cierta armonía desde su refugio eventual?

Las cerámicas de Renes son, así, un inquietante y asombroso cruce de caminos que va desde su antigua pasión hacia Japón hasta los paseos por Roma o el mundo rural, tan importante para Renes, y que encuentra ecos fructíferos en sus piezas cerámicas  estos últimos años. Con su visita  de dichas cerámicas a la galería Fúcares en Almagro algo parece cerrarse en ese círculo que se trazaba entre Japón y Roma. Lo cuenta el propio Renes al recordar cómo Fúcares, antes de ser galería de arte -primero en Almagro en 1974 y luego Madrid en 1987-, fue en sus orígenes una tienda de cerámica. Unas briznas se han posado en el fondo del lebrillo. Tratamos de sacudirlas como quien barre un suelo. Ahí siguen obstinadas en su historia.



Fernando Renes (Covarrubias, 1970) vive y trabaja entre Bilbao y Covarrubias.

Estudió en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid (1994), e hizo el Máster en investigación y creación en Arte en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad del País Vasco (2017).

Su práctica comenzó en los 90, con el dibujo y la animación como medios principales. Cuando en 2014 regresa a España, después de 17 años viviendo en Nueva York y Roma, empieza a trabajar la cerámica dando un soporte tridimensional y vernacular a sus piezas.

Ha expuesto individualmente en Espacio Nexo990, Monzón de Campos, Palencia (2024); MUSAC Museo de arte contemporáneo de Castilla y León, León (2022); UPNA Universidad Pública de Navarra, Pamplona (2021); Fundación BilbaoArte Fundazioa, Bilbao (2019); Centro de arte Caja de Burgos CAB, Burgos (2019); Genalguacil Pueblo Museo, Málaga (2017); DA2 Salamanca (2015); La Casa Encendida, Madrid (2006) y TRANS>area, New York (2005) entre otras.

Su trabajo forma parte de las colecciones de la Fundación Botín, Santander; Centre d´art La Panera, Lleida; Fundación Federico García Lorca, Granada; MUSAC Museo de arte contemporáneo de Castilla y León, León; Colección Museo Artium–Gobierno Vasco, Vitoria–Gasteiz o Queens Museum of Art, New York.

También aparece en publicaciones como 100 artistas españoles (EXIT, 2008) o Vitamin D, New Perspectives in Drawing (Phaidon, 2005)